Con casi cinco décadas de trabajo, el Movimiento Manuela Ramos es una de las organizaciones feministas más importantes y de mayor trayectoria en el Perú y desde el 2025 contraparte de la Fundación Heinrich Böll, Santiago de Chile (Perú, Bolivia, Chile). Promover la autonomía de las mujeres, la defensa de los derechos sexuales y reproductivos y la erradicación de la violencia de género son parte de sus principales motivaciones y luchas.
Conversamos con su directora, Rocío Gutiérrez, quien nos contó sobre la historia del movimiento, los desafíos actuales y el complejo escenario político y social que enfrentan los derechos de las mujeres en el país.
¿Cómo surge el Movimiento Manuela Ramos?
El movimiento nació a fines de los años setenta cuando seis mujeres comenzaron a trabajar en los barrios de Lima. Con el transcurso del tiempo, la organización fue creciendo y así nuestras acciones y presencia ha aumentado en distintas regiones del país.
Actualmente somos aproximadamente 140 personas, de las cuales el 98 % somos mujeres. Trabajamos principalmente en tres programas, centrados en la autonomía de las mujeres. Uno de ellos aborda la participación política de las mujeres, otro se enfoca en la sexualidad y la autonomía física, que incluye la agenda de derechos sexuales y reproductivos, la educación sexual integral y el acceso al aborto legal. En ambos programas también realizamos un fuerte trabajo de incidencia y vigilancia de políticas públicas.
El tercer programa es el de autonomía económica, conocido como Credimujer, donde trabajamos con la metodología de banca comunal, otorgando créditos y apoyo a mujeres para sus emprendimientos, estos créditos son acompañados de procesos formativos que fortalecen su empoderamiento económico.
Actualmente trabajamos en nueve territorios del país y contamos con seis oficinas descentralizadas, con gran parte de nuestro equipo en regiones del Perú.
¿Por qué decidieron llamar Manuela Ramos a la organización?”
Las fundadoras querían que la organización llevara el nombre de una mujer común. La idea era representar a la mujer anónima que lucha todos los días. Entonces se preguntaron: ¿cuál es el nombre más común en el Perú? Manuela. ¿Y el apellido más popular? Ramos. De esa manera surgió el nombre. Nuestra organización incluso tiene una canción cuyo coro dice: “En cada mujer que lucha, vive Manuela”. Ese espíritu resume muy bien lo que buscamos.
En cuanto al contexto actual en el Perú, en relación a la violencia en contra de las mujeres ¿Cómo describiría hoy esta situación?
Lamentablemente, la violencia contra las mujeres es un problema estructural que requiere transformaciones de fondo. En América Latina, el Perú aparece entre los países con mayores denuncias de violencia sexual contra las mujeres.
Las cifras oficiales del Ministerio de la Mujer del Perú, hablan de más de 150 mil casos atendidos al año, pero sabemos que las denuncias representan solo una parte de lo que realmente ocurre. Desde el año 2010, cuando se incorporó la medición de violencia de pareja en las encuestas nacionales, vemos que entre el 55 % y el 60 % de las mujeres han sufrido violencia por parte de sus parejas.
Cuando hablamos de violencia sexual la situación es aún más grave. Un estudio de la Organización Mundial de la Salud indicaba que el 20 % de las mujeres en el país había sufrido una violación sexual antes de los 15 años, y esa cifra prácticamente no ha disminuido. Además, la pandemia provocó un aumento de la violencia sexual y de los embarazos en niñas y adolescentes, eso se reflejó a través de las denuncias telefónicas y en un último dato, que refleja claramente este incremento: La Encuesta Nacional sobre Relaciones Sociales (ENARES), mide el nivel de tolerancia a la violencia hacia las mujeres y conjunta preguntas sobre percepciones y estereotipos que sustentan esa violencia El resultado es que esta cifra se había incrementado de 50 % a un 57%. Una encuesta nacional reciente muestra que cerca del 70 % de la población tolera o justifica ciertas formas de violencia contra las mujeres. Por ejemplo, ideas como que una mujer fue agredida porque no cumplió con ciertas tareas o porque salió sola a una discoteca, son muy normalizadas, reflejando así un entorno cultural muy marcado por el machismo.
Frente a este escenario, ¿Cuáles son las principales estrategias de la organización?
Una de nuestras líneas más importantes de trabajo es la formación y capacitación de mujeres y niñas para fortalecer la capacidad de ejercer sus derechos y exigir su cumplimiento. Trabajamos en procesos formativos sobre derechos humanos, derechos sexuales y reproductivos y de liderazgo. También realizamos capacitación con operadores públicos, como personal de salud, docentes, jueces, fiscales y autoridades locales. Además, tenemos más de diez años de trabajo con escuelas, promoviendo la educación sexual integral. También hemos conseguido que algunos gobiernos regionales consideren prioritaria la educación sexual integral, lo que nos da un marco normativo para canalizar esfuerzos y demandar también que las escuelas tengan horas de educación sexual, capacitación docente y que puedan trabajar en alianzas para iniciativas legislativas.
Por otra parte, también desarrollamos un trabajo intercultural importante, ya que entre el 30 % y el 40 % de las organizaciones con las que trabajamos pertenecen a comunidades indígenas andinas y amazónicas, fortaleciendo el liderazgo de mujeres jóvenes y adultas en estos territorios.
¿Cuáles son hoy los principales obstáculos que ha tenido que enfrentar la organización para cumplir sus objetivos?
Una de las principales dificultades que hemos tenido que enfrentar, es la falta de inversión del Estado en formación de personal del sector público. Las mujeres pueden estar capacitadas, pero luego se enfrentan a servicios públicos donde todavía existen estereotipos muy fuertes, discriminación y sesgos de género.
Otro problema es que la educación sexual integral no cuenta con una ley sólida, sino con normas de menor rango que pueden modificarse fácilmente.
¿Cómo ha sido la relación con las comunidades en los territorios donde trabajan?
Siento que en Manuela tenemos una legitimidad ganada, esa es una puerta de entrada muy importante y entendemos que nuestra capacidad para hacer incidencia y puentes de diálogos con organizaciones, viene de una relación construida de reconocimiento y confianza que ha perdurado por años. Nuestra presencia en los territorios, física y permanente, hace que nos sientan como otro actor dentro de la localidad y esa legitimidad significa mucho respeto, reconocimiento y credibilidad.
No todo ha sido sencillo, ya que la mayor de las desconfianzas viene desde las autoridades públicas, pues les traemos trabajo, les traemos temas sobre los que tenemos que repensar, les interpelamos, a veces los denunciamos, los vigilamos y eso tiene su costo.
¿Cuáles son los principales desafíos que enfrenta la organización para el movimiento hoy?
Uno de los desafíos más grandes que tenemos es la sostenibilidad financiera, debido a los cambios globales que existen en relación a la cooperación internacional y la sostenibilidad política y jurídica. En cuanto a política, hemos recibido amenazas y estamos en la mira de autoridades públicas que hacen campañas en nuestra contra y en términos jurídicos, porque estos poderes que están ahora al mando del país producen leyes, como esta nueva ley APCI , que es una ley anti ONG que incorpora una serie de sanciones a algunas acciones que han sido parte del quehacer de nuestras instituciones, como es defender nuestros derechos y en el desarrollo de líneas de trabajo en la promoción de estos derechos, entonces sostenernos es uno de nuestros desafíos, quizás uno de los más importantes.
El otro reto es fortalecer nuestras alianzas, encontrar más puntos de convergencia para unirnos más y encontrar nuestros puntos comunes porque venimos de distintos movimientos y porque entre las feministas también tenemos nuestros matices, lo que implica diálogos que debemos sostener, si no, nos van a aplanar. Creo que nos queda volver a nuestras raíces y eso es volver a la comunidad, al boca a boca. El trabajo mujer a mujer, es un trabajo que Manuela Ramos ha sostenido a través de todos estos años y que tiene que seguir a través de todos los espacios: comunicativos, formativos, educativos, que son las calles, ferias, escuelas y también de la solidaridad que es parte de los principios que promovemos.