Columna de la junta directiva
La violación del derecho internacional por parte de Estados Unidos en Venezuela pone de manifiesto la pretensión hegemónica de la Administración Trump. La vacilante reacción de Europa debilita a la Unión Europea en un momento decisivo. Qué hay que hacer ahora.
La violación del derecho internacional por parte de Estados Unidos en el Caribe se produce poco después de la publicación de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, que renuncia abiertamente al consenso de valores del Occidente democrático y a las directrices del derecho internacional del orden posguerra, además pisotea las normas e instituciones internacionales e interamericanas. El ataque a Venezuela es la primera aplicación directa de esta nueva orientación en materia de política de seguridad y una expresión de la pretensión hegemónica del Gobierno de Trump frente a los Estados del hemisferio occidental. Deja claro que el documento debe tomarse en serio y leerse literalmente como una descripción precisa de las ambiciones de Estados Unidos. Lo que también significa que las pretensiones hegemónicas de la Administración Trump evidentemente no terminarán con Venezuela.
Hasta ahora, ni las instituciones de la UE ni los Estados miembros han podido dar impulsos políticos eficaces contra las intervenciones de EE. UU. contrarias al derecho internacional. Al mismo tiempo, la atención política se ha centrado hasta ahora de forma insuficiente hacia los países de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC). Muchos de estos países han acogido en los últimos años, sin que la opinión pública mundial se haya percatado y hasta el límite de su capacidad, a millones de refugiados del régimen de Maduro. Como rostro y cabeza de un sistema violento y dictatorial financiado por el petróleo, Maduro es responsable de graves violaciones de los derechos humanos, entre ellas desapariciones forzadas o el encarcelamiento y la tortura de opositores políticos. Por ello, la Corte Penal Internacional investiga desde 2021 en Venezuela posibles crímenes contra la humanidad.
La Administración estadounidense se comporta de manera similar a Rusia o China
Con sus acciones contrarias al derecho internacional, su desprecio por su propio Congreso y las Naciones Unidas y su evidente desinterés hasta ahora por una transición democrática, el Gobierno estadounidense se sitúa en la misma línea de otros Estados autoritarios. Compartimos la preocupación de Brasil, Chile, Colombia, México, Uruguay y España por una administración externa del país y una apropiación descarada de los recursos venezolanos. En su declaración conjunta del 4 de enero, estos Estados condenan la intervención militar y se remiten, con razón, a la Carta de las Naciones Unidas: a la prohibición del uso de la fuerza y al respeto de la soberanía y la integridad territorial. Debemos tomar nota de que la actual Administración estadounidense viola estos últimos principios de manera similar a como lo hacen o amenazan con hacerlo Rusia y China. No obstante, sigue estando claro que los conceptos y doctrinas de zonas de influencia y patio trasero no son conformes con el derecho internacional y, por lo tanto, siguen siendo políticamente ilegítimos.
Pero no se trata solo de América Latina: este ataque nos afecta a todos. La estrategia de seguridad estadounidense va en contra de las normas internacionales y del multilateralismo. También va en contra de la Unión Europea. Europa debe tomarse en serio de una vez por todas la autoproclamación de Trump como hegemón del «doble continente» americano. Esto es aún más cierto en el caso de la cascada de anuncios y amenazas de nuevas intervenciones. Estas van desde reivindicaciones territoriales, por ejemplo en relación con Groenlandia, hasta la influencia política en procesos democráticos, como las elecciones en Colombia, Brasil o los Estados miembros de la UE. Ya no es solo el régimen de Putin el que interviene en una guerra híbrida de diversa intensidad a todos los niveles posibles para lograr un «cambio de régimen» en Europa: el objetivo de destruir la UE es compartido abiertamente por parte de la Administración estadounidense en Washington. Ante este doble desafío existencial, las reacciones de la Comisión Europea y del Gobierno federal alemán son vagas y débiles en todos los aspectos y, en vista de las posiciones más claras de Francia, Italia y España, producen de facto un mayor debilitamiento de la Unión. Esquivar o mirar hacia otro lado ya no puede ser una opción.
Los tres puntos siguientes son decisivos:
Las instituciones de la UE y los Estados miembros, en particular el Gobierno federal alemán, deben encontrar palabras más claras y comprometerse de forma creíble y resuelta con una transición verdaderamente democrática en Venezuela. Esto incluye el apoyo a un proceso que debe culminar en elecciones libres y justas, respaldadas por la sociedad civil venezolana y apoyadas por la comunidad internacional. En una declaración, prestigiosas organizaciones latinoamericanas de derechos humanos subrayan acertadamente que cualquier solución a la crisis «debe ser democrática, pacífica y negociada conjuntamente, centrarse en el respeto de los derechos humanos y dar prioridad a la participación de la sociedad venezolana en las decisiones sobre su futuro».
Europa debe reajustar y reforzar sus relaciones con sus contrapartes democráticas de América Latina y el Caribe. Se necesitan alianzas políticas sólidas que vayan más allá de los acuerdos comerciales y que refuercen y desarrollen conjuntamente la autodeterminación democrática, el multilateralismo y el derecho internacional. En un mundo cada vez más marcado por la política de poder, los Estados democráticos de Europa, América Latina y el Caribe comparten el interés de defender las normas multilaterales y el derecho internacional frente a la lógica de las zonas de influencia geopolítica, en contraposición al derecho del más fuerte o al objetivo de los derechos privilegiados de las potencias hegemónicas regionales, como practican Rusia, China y ahora, al parecer, también Estados Unidos. La firma del acuerdo con Mercosur demuestra que, a pesar de que sigue habiendo un margen considerable de mejora, es posible avanzar en las relaciones. Sin embargo, el acuerdo de libre comercio no sustituye a un interés político duradero en la región. La Cumbre UE-CELAC celebrada en Colombia en noviembre de 2025 puso de manifiesto lo escasa que es hasta ahora la sustancia política de estas relaciones, sobre todo por la ausencia de representantes europeos de alto rango.
Para poder asumir una mayor responsabilidad en la defensa de un orden multilateral basado en normas, la UE debe ampliar su propio margen de maniobra. Solo así Europa podrá superar una política de apaciguamiento impulsada por el miedo hacia la Administración Trump y ser tomada en serio como actor geopolítico seguro de sí mismo. Esto incluye el rápido y coherente desarrollo y expansión de la soberanía europea en los ámbitos de la defensa, el comercio, la energía y la tecnología, así como una estrategia global democrática de Europa en materia de política exterior y de seguridad que ofrezca una propuesta convincente para nuevas alianzas, tanto con «poder duro» como con «poder blando». El diálogo con los actores democráticos de Estados Unidos, incluidas las pocas voces críticas dentro del Partido Republicano, es ahora más importante que nunca para contrarrestar la agenda de la Administración Trump.