Desechos plásticos: El Problema del microplástico

Playas llenas de basura de plástico y aves marinas que mueren estranguladas por trozos plásticos son escenas cotidianas en todo el mundo y, a pesar de ello, seguimos viendo fotos de personas limpiando las playas y escuchamos de plantas para purificar el agua de los océanos. ¿De verdad las cosas están mejorando?

El mundo produce 300 millones de toneladas de plástico anualmente. Cerca de 2% de esa cantidad —alrededor de ocho millones de toneladas métricas— termina en los océanos. Es una cantidad impresionante, no obstante, 1% de ese plástico se encuentra en la superficie
de los océanos. La mitad de ese 1% se acumula en vórtices de basura; la otra mitad se encuentra más dispersa. Eso deja 99% (7.92 millones de toneladas métricas) sin contabilizar anualmente. ¿A dónde va a parar? La ciencia solo comienza a desentrañar el enigma al inicio del nuevo milenio, cuando descubrimos un fenómeno antes desconocido: el microplástico.

Ochenta por ciento de los residuos plásticos termina en los océanos, generalmente a través de los ríos. Veinte por ciento lo arrojan por la borda de las embarcaciones. Una porción del plástico es arrastrada grandes distancias por las corrientes marítimas para acumularse en enormes vórtices de basura, como la gran mancha de basura en el remolino del Pacífico Norte. En este recorrido que puede
tomar hasta 10 años, los grandes fragmentos de plástico se van erosionando poco a poco, descomponiéndose por efecto de la luz solar y devorados por bacterias, fragmentándose en muchas partículas muy pequeñas.  El resultado es el microplástico: partículas de este material menores a 5 milímetros. De forma que los remolinos de plástico no son las enormes islas de basura que uno podría imaginar;
los grandes trozos de plástico son relativamente raros, por lo que de hecho uno podría nadar en un remolino de microplástico
sin notarlo. El restante 99% de los residuos que inician su camino en las costas nunca llega a los manchones de basura, ya que también se descompone en microplástico y desaparece en el océano para terminar en las 


profundidades. De hecho, la concentración de plástico en el fondo marino es mil veces mayor que el plástico concentrado
en la superficie. El microplástico queda atrapado en el fondo marino, se integra como parte del sedimento y gradualmente conforma una nueva capa geológica, el “horizonte plástico” que los investigadores del futuro atribuirán a nuestra era. La triste verdad es que usamos la profundidad de los mares como un gigantesco basurero y nos beneficiamos de que la mayor parte de los residuos desaparecen, supuestamente, en lugar de que floten a nuestros pies en las playas.

Sin embargo, el fondo marino no es el único “vertedero de plástico”, el microplástico se encuentra en concentraciones muy altas en el hielo marino flotante. El hielo no es un almacén tan confiable en comparación con el fondo marino. En efecto, el derretimiento acelerado del hielo marino, consecuencia del calentamiento global, podría liberar mil millones de partículas de plástico en los próximos años. Esto equivale a 200 veces la cantidad de plástico que a la fecha flota en los océanos.

Si bien la porción de microplástico que permanece a flote parecería menor, es la causa de un problema mayor y con efectos de largo alcance. Los peces confunden el microplástico con plancton y lo consumen; lo cual no resulta extraño si consideramos que hay seis veces más plástico que plancton en algunas zonas del océano. Partículas muy pequeñas de plástico pueden penetrar las paredes intestinales
de los peces y quedar atrapadas en el tejido que los rodea; de esa forma el microplástico entra a la cadena alimenticia para finalmente llegar hasta nuestras mesas y estómagos. ¿Qué consecuencias tiene consumir partículas de microplástico? Esto aún no se estudia; después de todo, el propio microplástico apenas se convirtió en materia de estudio en 2007. Sin embargo, un hallazgo se ha convertido en materia de preocupación: la superficie del microplástico actúa de forma similar a una esponja que absorbe toxinas, incluyendo toxinas del medio ambiente como los policlorobifenilos (PCB) y los gérmenes causantes de enfermedades, ayudándolos a diseminarse y amenazando
poblaciones enteras de peces.

Una vez que el plástico llega a los océanos, no hay forma de sacarlo y la mayoría se convierte en microplástico que resulta imposible filtrar sin la vida acuática. Aun así, quedaría el problema de los trozos grandes de plástico que resultan peligrosos para las especies marinas de mayor tamaño. Se encuentran en desarrollo soluciones técnicas para abordar la limpieza de los océanos. Aquí tenemos que sopesar tanto las consecuencias ecológicas como los beneficios, por ejemplo, si uno tiene planeado recoger basura de las grandes áreas marinas es posible que, sin querer, también atrapemos peces junto con otros organismos. Tenemos que hacernos la pregunta de qué tan benéfica
resulta la acción en comparación con sus resultados.

La solución al problema de hecho descansa tierra adentro, en las costas y los deltas de los ríos, en los mercados y en los hogares. La buena noticia es que está a nuestro alcance. Una parte significativa de los residuos plásticos en los océanos proviene del embalaje y de los productos que utilizamos, por lo que podemos tener una influencia directa
si cambiamos nuestras formas de consumo.  Asimismo, podemos prohibir el uso de microplástico en los cosméticos, sin embargo, el paso más efectivo que podemos dar es desarrollar una economía mundial del reciclado funcional, de forma que se creen pocos plásticos nuevos y que se desechen menos sin control. La participación política es una poderosa palanca para establecer los incentivos correctos para el cambio. Desarrollar una economía circular es tan solo cuestión de voluntad política.