El G20 en la encrucijada

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Eficiente y con mayor legitimación que el G7/G8 de los países industrializados, el G20 quiso darle una nueva orientación a la diplomacia económica internacional. No obstante, el G20 fue controversial desde su fundación. Sus deficiencias, el trumpismo y la tendencia a la bilateralización muestran que el club del G20 se encuentra en una encrucijada.

El grupo de las 19 economías más fuertes y la UE (G20) se conformó en 2009 con grandes ambiciones, que despertaron esperanzas: eficiente y con una mayor legitimación que el G7/G8 de los países industrializados, quiso darle una nueva orientación a la diplomacia económica internacional. Quiso no sólo gestionar la crisis financiera y económica, sino evitarla en un futuro.

El G20 es la manifestación de algo que se está perfilando al menos desde el año 2000: los países industrializados ya no dominan por completo el orden mundial surgido después de la Segunda Guerra Mundial. Sobre todo Asia se ha convertido en un fuerte centro nuevo de la economía mundial. El creciente poder económico de los países emergentes se expresa en una mayor autoconfianza política y en la ambición de participar en la configuración de procesos globales.

Es decir, aquello que se llama gobernanza global se encuentra desde hace tiempo en proceso de transformación. La fundación del G20 como nuevo centro de poder lo marca con gran claridad. En la Declaración de Pittsburgh hecha por el G20 en 2009 se dice de manera inequívoca: “Hemos designado el G-20 para ser el principal foro de nuestra cooperación económica internacional.”

No obstante, el G20 fue controversial desde su fundación. Es cierto que el ascenso económico de los países emergentes se refleja, justificadamente, en este nuevo club, en el que se puede negociar y forcejear sobre intereses divergentes. Sin embargo, al mismo tiempo, es un club que excluye los intereses de los restantes 173 países del mundo: éstos no tienen ninguna posibilidad directa de participar en la configuración del proceso del G20.

Las respectivas presidencias del G20 invitan sólo a dos o tres países no miembros de su elección. Las y los jefes de gobierno de los Estados del G20 representan, en última instancia, una pequeña élite de los países miembros de la ONU que se autoadjudicó el poder y que no se tiene que legitimar ante nadie. No hay reglas que definan o exijan transparencia o que plasmen los derechos de los Parlamentos y la sociedades civiles frente a la ONU, por eso la legitimación del G20 y, sobre todo, su relación con la ONU son y seguirán siendo causa de tensión.

Los objetivos del G20

Igualmente importante resulta analizar críticamente los objetivos del G20: ¿Qué globalización, qué reglas y estándares representa el grupo?, ¿Sigue avanzando por la senda del crecimiento basado en combustibles fósiles, impulsado por los mercados financieros o se orienta por una distribución del bienestar para todos?, ¿Le interesa controlar los mercados financieros y una política comercial justa?, ¿Toma realmente en serio los límites de nuestro planeta, sobre todo el cambio climático global, y formula políticas económicas que se sometan a los objetivos del Acuerdo de París sobre el cambio climático, incluyendo el combate del hambre y de la pobreza?

La pregunta fundamental que se ha de plantear el G20 es: ¿Cómo se puede configurar de manera justa y coordinar en interés de todos los seres humanos una economía mundial globalizada en tiempos de una creciente desigualdad y del cambio climático, en tiempos de personas huyendo y migrando? Incluso la propia globalización es observada con desconfianza por amplias capas de la población, que cuestionan su legitimidad.

La globalización ha excluido a demasiadas personas durante demasiado tiempo. Los ricos, en la actualidad, poseen juntos más dinero que la mitad de la población mundial. Sólo una minoría se beneficia del sistema comercial y económico, el mismo que sigue siendo fomentado e impulsado por el G20. Cada vez más personas, incluso en los países industrializados, se sienten abandonadas y marginadas.

Y en los países emergentes y en vías de desarrollo la población se opone cada vez más a la venta de sus medios de subsistencia, a las condiciones de explotación laboral y a la opresión política, que ha aumentado de forma dramática. Estas consecuencias de la globalización neoliberal se consideran como una de las causas del éxito político de las y los populistas de derecha, de Trump a Le Pen.

Entre las características particulares de las y los populistas de derecha, sobre todo en el “viejo Oeste”, se encuentra la demanda por políticas proteccionistas y nacionalistas. El nacionalismo como idea política está de vuelta. Incluso se concibe a sí mismo como un contraproyecto a la globalización. Los derechos humanos universales, el derecho internacional, las reglas y las instituciones: el multilateralismo en general es despreciado. Un interés propio maximizado predomina frente a una solución conjunta y multilateral, lograda a través de las negociaciones.

La estrategia de poder de los autócratas

La mano dura de los autócratas se debe entender también como una estrategia de poder para impedir que sus poblaciones provoquen disturbios sociales. Y todos ellos, desde Trump hasta Xi Jinping, se van a reunir en Hamburgo en la cumbre del G20. Todos ellos colocan la soberanía de su nación por encima de todo y, al mismo tiempo, están estrechamente imbricados por el comercio mundial.

El jefe de Estado de China encarna esta mezcla y, al parecer, ha encontrado una solución para su país. En el Foro Económico Mundial de Davos abogó de manera vehemente por el libre comercio, y aprovechó el vacío creado para proponer un acuerdo de inversión multilateral. En cuanto a la protección del clima, las y los chinos incluso se presentan como los nuevos precursores. Al mismo tiempo, el país se aísla, bloquea accesos a internet y rechaza el carácter universal de los derechos humanos.

El viejo orden mundial ha desaparecido sin que haya surgido uno nuevo. A nivel de la economía, el mundo está enlazado de manera demasiado estrecha como para poder prescindir de negociaciones y tratados. Por eso todavía veremos más tratados bilaterales en los que dominará el derecho del más fuerte. En el campo de la política global de comercio e inversión veremos cómo, en el futuro, China tratará con más ahínco de establecer las reglas.

Todas las (viejas) deficiencias del G20, el trumpismo y las tendencias a la bilateralización muestran: el club del G20 se halla en una encrucijada. Ello convierte la cumbre del G20 en Hamburgo en un acontecimiento con un resultado muy incierto. Los diferentes intereses y las contradicciones de los Estados del G20 son más graves, el tono se ha endurecido.

No cambia gran cosa en todo esto la agenda relativamente pulida del gobierno federal alemán: estabilidad, seguridad y sustentabilidad. Lo que no deberíamos olvidar es todo aquello que une a las y los jefes de gobierno: la orientación hacia más inversiones y mayor crecimiento. El G20 le apuesta a las inversiones en infraestructura para crear una economía mundial con un crecimiento sólido.

Pero los proyectos de infraestructura en sí frecuentemente no son sustentables. La experiencia muestra que cuando se construyen megapresas y autopistas transregionales, las consecuencias sociales y ecológicas y la participación democrática no son tomadas en cuenta. También avanza de manera irrefrenable la tendencia de industrializar a nivel mundial el sector agropecuario.

Sustentabilidad y estabilidad: una reversión de las tendencias

Al efecto, este desarrollo no sólo contribuye de manera decisiva al cambio climático (14 por ciento de las emisiones), sino que le arrebata las bases de subsistencia a 500 millones de pequeños agricultores, debido a la destrucción de los mercados locales y al despojo de sus tierras.

Esta tendencia se ve reforzada por tratados de libre comercio neoliberales y por políticas de subvención, por ejemplo, la política agraria conjunta de la Unión Europea, misma que también participa en el G20. En este caso los Estados del G20 deberían iniciar un cambio de rumbo, si de verdad aspiran a la sustentabilidad y la estabilidad.

Pero el G20 sigue subvencionando los combustibles fósiles, en total con 444 mil millones de dólares al año, aproximadamente. Esto es cuatro veces la cantidad que se invierte en energías renovables. El compromiso que asumieron por voluntad propia los integrantes del G20 en el año 2009 de ir disminuyendo estas ineficientes subvenciones a los combustibles fósiles no ha sido puesto en práctica hasta hoy.

Pero la retirada del capital del business-as-usual fósil es indispensable para detener una catástrofe climática. Y para aprovechar la oportunidad de lograr el objetivo del Acuerdo de París, a saber: limitar el calentamiento promedio de la Tierra a un máximo de dos grados.

Juntos, los países del G20 son responsables de más de tres cuartas partes del consumo de energía global y de las emisiones de efecto invernadero, generan cuatro quintas partes del producto social bruto y gobiernan a dos terceras partes de la población mundial. Es decir, son “relevantes para el sistema” y, por tanto, parte del problema.

Por eso deben ser también parte de la solución. El hecho de que las políticas comerciales, financieras y de inversión emprendan el camino correcto decidirá si podemos salir de la economía mundial fósil y si se puede terminar con la exclusión de millones de personas y, por tanto, con la desigualdad.

Necesitamos más que nunca de la cooperación internacional y de las reglas para los mercados internacionales, lo mismo que de una política de comercio y de inversiones justa y tolerable para el medio ambiente. Con sus políticas, el G20 puede desempeñar una importante función configuradora en la transformación social y política, eso sí, sólo como uno de los muchos pilares de la estructura global de gobernanza y a partir de una perspectiva emancipadora que respete los estándares democráticos y los derechos humanos. Su política se debe orientar por los tratados y convenciones legitimados por la ONU, como el Acuerdo de París sobre el cambio climático, la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible, así como obedecer activamente los estándares de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y sus objetivos.

De esta manera, el club de los 20 habría dado un paso para acercarse a la intención con la que fue fundado: evitar las crisis.

Traducción del alemán al español: Claudia Cabrera

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